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jueves, 31 de mayo de 2012

Pequeña mía.

Vuelvo a bordar las palabras
de mi dolor a la estela
de una estrella que cayó.
No hay palabras,
no hay estrellas.

Vienen  lobos de tu ausencia
a ladrarme en la niebla
y mis ojos aúllan
a tus alas de seda.

Ya no quedan más espejos
donde romper mi alma
vagabunda,
hechizada,
honda como el laberinto,
oscura, extraña y opaca.

Vuelvo a vestirme de verde
y a mecer mis manos
y el dolor es viento
y es verano
y me hundo en la tierra
y respiro,
todo está aquí,
esto es todo.

Pero no estás tú
y yo te quiero.
Y mis dedos te recuerdan,
y te siento
palpitar en la distancia, 
doliendo,
y se me encoge el alma
y quiero borrar 
con un beso
la tristeza 
y la rabia 
y el dolor 
y la nostalgia
y cogerte la mano
y abrazar tu espalda
y juntar nuestras mejillas 
hacia la tarde dorada.

Pero el tiempo es fuego
y su llama
pura
deshace los nudos
de la locura.
Su aliento se lleva
lo sucio,
lo viejo,
y enciende la esencia,
lo puro, 
lo cierto.

Vamos a purificarnos,
pequeña mía,
en el fuego del tiempo.
Que consuma nuestros huesos
y nos deje huecos
para volver a llenarnos
de este amor eterno.



martes, 20 de marzo de 2012

Sobre la nada.

Hoy el viento se ha llevado
algunas flores de almendro.

Un gorrión se ha detenido,
a beber del sol,
junto al arullo del río.

La savia fluye,
latidos de la tierra
al son de la primavera.

La lluvia levanta el olor
de la tierra sedienta
que canta aromas tibios
a la tormenta.

Todo cambia en un fluir
de constante impermanencia.
La materia, el devenir,
el latido, la conciencia...

Y yo, fijo maniquí
con la mirada seca.
Quiero romper esta cárcel
de ideas muertas.

Y vivir como la piedra
olvidada en la tierra
dedicandome a existir
con atenta indiferencia.

Vaciar mi barca
y soltar la cuerda.
Respirar y ser el aire,
ser bebido por el agua,
y observar en el tiempo eterno
flotando sobre la nada.